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El Cairo en 1839, David Roberts
CAIRO, LA CIUDAD DE MARTE
El despertar

El traqueteo del desvencijado taxi de Fakri no invita a dar cabezadas, sino más bien a darse de cabezazos contra el techo y las ventanillas cada vez que frena “en seco”, cosa que ocurre cada cinco o diez segundos. Son las siete de la mañana y el dragón comienza a despertarse: la sangre, portadora de vehículos-leucocitos, va fluyendo por sus venas y arterias. El ligero estertor de ahora se convertirá en fragor hacia el mediodía, y ya no cesará hasta nueve o diez horas después. Casi todo lo que nuestros ojos pueden captar durante el trayecto entre el barrio islámico de El Cairo e Ismailia -Khan el Khalili, el zoco, todavía dormido, y los puentes “scalextric” que aligeran el tráfico hasta la zona más europeizada de la ciudad , donde se encuentran los principales bancos, las tiendas de moda y las oficinas de las compañías aéreas- constituye un permanente reclamo a la curiosidad: antiguos edificios con reminiscencias parisinas que van desmoronándose sin que a nadie le preocupe; extrañas azoteas donde hay gente que vive bajo unos cobertizos hechos de lona, hojalata y plásticos, y que a esta temprana hora cuece el agua del primer café. Un poco más allá de este centro teórico, muy cerca ya del rio, Tahrir Midah y el edificio decimonónico del Museo Egipcio, anacronismo arquitectónico situado en un rincón de la plaza, literalmente engullido por el mamotreto del Hotel Hilton. Hay que atravesarla para alcanzar el puente que cruza al otro lado del Nilo. La vista que se presenta entonces hace que el café del desayuno me baile en el estómago: es como una estampa inédita de Manhattan, en la que se hubieran incluido, como toque pintoresco, algunos carros tirados por pacientes y famélicos burros y automóviles más al gusto de Mr. Bean que del millonario Al-Fayed.

El tráfico cairota es uno de los muchos milagros que hacen que esta ciudad, con casi 16 millones de habitantes, “funcione” razonablemente bien. Hay semáforos por doquier, y el hecho de que ningún conductor los respete, no parece perjudicar esa maravillosa fluidez, sino al contrario. La gente no se orienta por lo que ve, sino por lo que oye. Es el lenguaje de los murciélagos aplicado a actividad tan humana como conducir un coche. No hay malas caras y los atascos son una verdadera rareza; tan infrecuentes que la presencia de un policía urbano, fumando con parsimonia en lo alto de su pedestal, colocado en el centro de cualquier plaza, no hace sino aumentar esta impresión. Ligeros y continuos toques de claxon, acompañados de esos frenazos intermitentes que desaconsejan cualquier distracción, puntúan el ritmo sincopado de una extraña música sin melodía. Un hombre, viejo y barrigudo, decide cruzar en diagonal la Avenida de las Pirámides, que es por donde ahora circulamos. No son la chilaba ni los kilos los que le impiden correr, sino las dos gallinas que lleva fuertemente agarradas bajo los brazos y que no parecen muy contentas con la perspectiva de acabar la jornada en pepitoria. El hombre habla con ellas y les recrimina su conducta, al tiempo que los vehículos le sortean: ningún sobresalto y ni un solo frenazo.

La Avenida de las Pirámides es el prolongado bulevar que comunica la parte de la ciudad situada en la margen occidental del Nilo, con la planicie de Giza, enclave de la más famosa necrópolis del mundo. Hay que hacer un esfuerzo para imaginar qué aspecto debía de tener esta extensa zona de El Cairo moderno, hace no muchas décadas. De hecho, casi nada de lo que hoy se ve se hallaba allí hace cuarenta o cincuenta años. A comienzos de siglo, un frondoso palmeral se extendía a lo largo de varios kilómetros, siguiendo el curso del rio. Poco a poco el bosque fue reemplazado por campos de cultivo y comenzaron a emerger los suburbios, que fueron creciendo más y más. En la actualidad sólo es posible hacerse una idea de la apariencia lejana y enigmática de las pirámides y de la esfinge, si las contemplamos desde la Ciudadela de Sal-Adin (Saladino), el alcázar del siglo XII que domina El Cairo medieval. Desde esa terraza, frente a la entrada a la Mezquita de Mohamed Ali (llamada Mezquita de Alabastro), es posible extender la mirada a lo largo de los casi 25 kilómetros que median entre Giza y el centro de la capital. Volando por encima de las casas, los minaretes, las calles, los mercados, las plazas, la Ciudad de los Muertos (habitada por decenas de miles de vivos), el rio... llegaremos al lugar elegido hace cuatro mil quinientos años por los faraones de la IV Dinastía, para edificar sus tumbas inverosímiles. Este privilegio no va a durar mucho: varios rascacielos construidos en los últimos años limitan ya ese vuelo de los ojos, y dentro de poco la alfombra mágica tendrá que hacer escala en la azotea de algún hotel de lujo. A vista de pájaro se puede comprobar el avance de los sucesivos ensanches, que han ido comiendo terreno al desierto. Las casas no llegan por poco a los mismos pies de la Esfinge, aunque parece que los especuladores del suelo tendrán que conformarse por ahora con esa poco menos que discreta proximidad. Su plan de construir un conjunto residencial que envolvería a la propia necrópolis, ahogándola para siempre en una suerte de “Las Vegas faraónico”, forma parte de los nutridos fondos del Museo Egipcio de Disparates Urbanísticos, aunque en este caso en calidad de proyecto siniestro.



Una de las cosas que más llaman la atención en El Cairo es la urgencia con que parece haber crecido la ciudad. Nada está hecho para que dure, para que resista el embate del tiempo, y es fácil prever que de aquí a cincuenta años muy pocos de los edificios que hoy vemos habrán sobrevivido. La urbe –como el dragón- está condenada a cambiar de piel una y mil veces; como si hubiera un mandato de los antiguos dioses que les obligara a mantener incólume el recinto sagrado de la necrópolis. Y por eso nada perenne, nada eterno ha sido construido en la orilla occidental del Nilo. Es posible que dentro de otros dos mil años las pirámides de Giza, la Esfinge y las s de los nobles se hallen todavía allí; no en vano han resistido ya más de cuarenta y cinco siglos. Pero es impensable que sobreviva algo de lo que hoy va acorralando la soledad necesaria de las piedras, el silencio casi absoluto del desierto. Todavía hay chacales que merodean por las tumbas, pero sólo lo hacen al anochecer, cuando los últimos turistas desaparecen, llevados ritualmente en lujosos autocares hacia las tiendas de papiros, las joyerías o los “foyer” de los grandes hoteles... Uno de estos descendientes de Anubis –el dios chacal, responsable de la momificación- fue quien hace más de un siglo puso sobre la pista al egiptólogo Mariette sobre dónde se hallaba la entrada de una de las tumbas más importantes descubiertas hasta hoy: la del faraón Unas, de la V Dinastía. Aunque, en realidad, no fue Mariette quien encontró la entrada sino un fellah que volvía a su casa al caer la tarde. El buen hombre iba caminando por entre las dunas -no lejos de la Pirámide Escalonada- cuando advirtió la figura negra e inmóvil de un chacal que lo observaba a cierta distancia. Se quedaron mirando el uno al otro durante unos instantes, cuando de pronto el animal, dando un salto, desapareció en una oquedad. El fellah, intrigado, le siguió y tras unos minutos de avanzar a tientas por una galería alcanzó la cámara funeraria. A la débil luz de un chisquero, temblando de miedo, pudo contemplar por primera vez después de muchos siglos, las enigmáticas figuras grabadas en las paredes, los jeroglíficos que componen los Textos de las Pirámides.

Sakkara

Poco antes de llegar al llegar al tramo final de la Avenida, a 1 km. aproximadamente de Giza, giramos a la izquierda, enfilando la carretera de Sakkara. El viejo Renault 12 soporta con mecánico estoicismo el esfuerzo de superar los numerosos baches –casi pequeños cráteres- que jalonan el camino. Lo de “mecánico estoicismo” no es tan sólo retórica: aquí hasta los objetos tienen elan, su pequeña alma imperfecta, y como asegura nuestro conductor “Enchala (ojalá, o “si Dios quiere”) llegaremos a nuestro destino”, que dista 16 km.

En menos de cinco minutos hemos pasado del atosigante ambiente de las calles de la ciudad más poblada de África, a otro completamente distinto, rural y casi, casi atemporal. Avanzamos por la estrecha ruta asfaltada, alejándonos del Gran Cairo, hacia Menfis, el Muro Blanco, capital del Antiguo Egipto hace más de cuatro mil años. Sin embargo, de aquel lejano esplendor casi nada queda, aparte de algunos escasos restos arqueológicos. Un villorrio polvoriento se levanta en la que antaño fue sede del poderoso clero menfita, artífice y valedor de uno de los sistemas religiosos más complejos y enigmáticos de la Antigüedad. Menfis es lugar de obligada visita en los circuitos turísticos; y no porque sea una zona especialmente rica en hallazgos arqueológicos, sino por albergar en su pequeño museo una de las estatuas colosales de Ramses II, el gran megalómano de la historia egipcia. A pocos kilómetros de allí, en su inmutable y luminosa soledad, encontramos las tumbas de Sakkara. Este vastísimo cementerio –que continúa siendo excavado en la actualidad- contiene s del primer periodo histórico egipcio (hace más de cinco mil años), junto con tumbas y pirámides de épocas posteriores, especialmente de la V y VI dinastías. Durante unos veinte siglos fue “antesala del Más Allá” de faraones, reinas, príncipes, nobles, militares y cortesanos. No es por tanto de extrañar que constituya un verdadero filón para los egiptólogos: cada año salen a la luz nuevas tumbas y templos, algunos en excelente estado de conservación. Sin embargo, la “estrella” de la necrópolis es, sin duda, la denominada Pirámide Escalonada, mandada erigir por Zoser, el faraón más importante de la III dinastía. Se dice que Imhotep, el arquitecto que la diseñó, tuvo primero el proyecto de construir una mastaba , pero más tarde decidió elevar su altura añadiendo sobre la base una serie de plataformas de tamaño decreciente, hasta un total de seis. De ahí su aspecto escalonado, que puede recordar al de los zigurats mesopotámicos y al de las pirámides aztecas. De Imhotep se sabe muy poco, aparte de que fue visir, arquitecto real y médico, probablemente relacionado con los iniciados en los misterios de Isis, la casta sacerdotal menfita. Transcurridos muchos siglos de su muerte, sería incorporado al panteón heleno con el nombre de Esculapio.

Vagar –como el fellah- por entre las tumbas, los montones de piedras, los túmulos, las dunas..., sintiendo que el sudor que brota de la frente se evapora al instante, es una experiencia difícil de explicar. Nadie perturba esa paz cegadora y blanca. Los camelleros se resignan: tras unas cuantas negativas por nuestra parte a ser conducidos a lomos de sus animales para dar un paseo, dejan de insistir. Eres un turista excéntrico: no formas parte de un grupo y prefieres abrasarte los pies en la arena..

Con ayuda de un plano nos dirigimos a la mastaba de Ti, personaje relevante del último periodo del Imperio Antiguo, que fue descubierta por Mariette en 1865. Un guarda nubio de casi dos metros de estatura nos franquea la entrada y a continuación se ofrece a hacer de guía, cosa que podemos evitar con relativa facilidad pretendiendo no hablar ni una palabra de inglés (y menos aún de árabe). La tumba conserva sus dependencias casi intactas: la capilla de ofrendas, las habitaciones donde se depositó el ajuar funerario, la cámara sepulcral, situada en el subsuelo, a la que se accede a través de un angosto pasadizo... El sarcófago muestra los indicios de haber sido forzado por los ladrones de tumbas. La tapa se halla corrida y uno de los ángulos del bloque de granito fue martilleado para poder introducir una palanca. El ambiente es opresivo. De las paredes rezuma un líquido lechoso y maloliente. Nada queda del honorable Ti ni de su esposa, pero por los magníficos frescos y las abundantes inscripciones sabemos que se trataba de un alto funcionario, Superintendente de las Pirámides de Abu Sir, Guardián de los Secretos y consejero del propio faraón. Los relieves lo representan en escenas de la vida diaria: con sus hijos y su mujer, que fue una princesa real; supervisando las labores de recolección en sus fincas, navegando en su suntuosa embarcación a través de unas marismas cuajadas de papiros, de caza...

La última parte del paseo nos conduce a una de las tumbas más insólitas de todo Sakkara: el Serapeum. Ahora el sol parece haber cristalizado las dunas con su luz cenital. No hay asomo de brisa, ni se oye el más ligero sonido. Desde un pequeño promontorio contemplamos un espectáculo único: al norte, empequeñecidas por la distancia, pero aún claramente visibles, las pirámides de Giza; al sur, la silueta de las cuatro grandes pirámides de Dahsur, y a unos dos km. de nosotros, el complejo funerario de Zoser, la pirámide de Unas y las ruinas de la pirámide de Userkef. Hitos, captados al azar por el ojo, de los tres inmensos cementerios situados en el límite oriental del desierto líbico.

Quince minutos nos separan del Serapeum, las catacumbas destinadas a albergar los cuerpos embalsamados de los "bueyes Apis”, bestias sagradas que según la tradición constituían la encarnación de Ptah, deidad suprema del panteón menfita. Fue de nuevo Auguste Mariette el artífice de su descubrimiento, en 1851. Hasta entonces sólo se sabía de su existencia a través de referencias de autores clásicos, como la del griego Estrabon (siglo I a. C.) Según estas informaciones, los bueyes elegidos debían reunir una serie de características que los distinguieran de los demás: tenían que ser de color negro y llevar una marca blanca en la frente. Entre los cuernos debía aparecer la figura del disco solar y la de un águila recortada en la espalda. Sobre la lengua había de distinguirse la sombra de un escarabajo. Sólo así era posible dedicarlos al culto de Ptah. A su muerte, los cuerpos momificados eran introducidos en unos enormes sarcófagos de granito negro y depositados en las galerías.

Tan sólo el sonido de las pisadas turba la paz y el misterio de este lugar. La mortecina luz eléctrica hace necesario el uso de una linterna. El ambiente es fresco, la soledad absoluta. Recorremos la galería principal, que mide casi setenta metros. A ambos lados van apareciendo, una a una, las veintiocho cámaras, algunas de las cuales contienen los sarcófagos de más de setenta toneladas. ¿Qué fuerza extraordinaria, qué fervor religioso para nosotros incomprensible impulsó a los antiguos egipcios en su construcción de semejante tumba? La palabra “disparate” es demasiado obvia; es preciso admitir, con humildad, que no lo sabemos, que las incógnitas que plantea el pasado egipcio superan con mucho al número de certezas.

Sakkara guarda aún numerosos secretos bajo sus arenas. A lo largo de treinta años se han efectuado más hallazgos que durante los últimos doscientos; y ello se debe en gran medida al empleo de la fotografía aérea como medio para detectar depresiones o elevaciones anómalas del terreno, que ponen sobre la pista de nuevas tumbas. La orografía del desierto es muy variable, debido a los fuertes vientos que lo azotan periódicamente; en especial el jamsin que sopla –como su nombre sugiere- durante cincuenta días, entre marzo y abril.

Fakri nos espera tumbado en el refugio de su automóvil. Al vernos se incorpora sonriente y nos pregunta si nos ha gustado la visita. Tras haber vaciado más de un litro de agua tibia en nuestras resecas gargantas, iniciamos el camino al presente.


Las dos caras de lo medieval

En un mundo abocado a la uniformidad, Cairo destaca por ser una ciudad donde los contrastes, lo paradójico, resultan tan habituales que dejan de llamar la atención. Puede hablarse de dos ciudades extrañamente ensambladas: la moderna, con su hormigón, sus estructuras de acero y cristal y el trazado simétrico de sus calles, y la medieval, que se extiende de los pies de la ciudadela hacia el sur, comprendiendo la zona islámica y el barrio cristiano copto.

La mejor manera de hacerse una idea de la ciudad es caminando por sus calles. El transporte público es un medio ideal para dirigirse a un lugar concreto desde el cual iniciar el paseo. En nuestro caso es Fakri quien nos lleva al barrio copto, si bien en otras ocasiones hemos optado por el moderno metro cairota: tomándolo en Midan Tahrir (la plaza del Museo Egipcio) se tarda menos de un cuarto de hora en llegar a la estación de Mari Girgis. Este es el punto de destino de los turistas interesados en explorar uno de los más antiguos enclaves cristianos, en el cual los romanos habían establecido un fuerte al que llamaron “Babilonia Egipcia”, en el siglo II de nuestra era. El lugar continúa siendo aún hoy un reducto de la minoría cristiana que vive en el país. El hecho de que conserve las primitivas murallas contribuye a aumentar la sensación de que nos encontramos en una isla dentro de la vorágine urbana. Por sus tortuosas callejuelas es frecuente toparse con sacerdotes coptos. La mayoría son viejos o de mediana edad, y lucen una barba esplendorosa; algunos llevan una especie de cíngulo que les ciñe la sotana y sobre su pecho pende un pesado crucifijo. A los cristianos egipcios se les distingue por llevar tatuada una cruz en el reverso de la muñeca, que suelen enseñar muy orgullosos cuando se presenta la ocasión (por ejemplo, cuando tratan de cerrar algún pequeño negocio con un turista).

En el escaso km.2 que ocupa esta zona de la capital se concentran cinco iglesias, un convento, un monasterio, una torre romana y un museo; todo ello circundado en sus dos terceras partes por un vasto cementerio greco- católico. La Iglesia de la Virgen María es la más antigua del barrio copto, lo que significa de todo El Cairo. Fue levantada en el s.IV sobre la entrada al canal construido por los romanos; de ahí proviene el nombre con que es conocida popularmente: Al-Muallaqa, “la colgante”. Otra iglesia muy visitada es la de San Sergio. De acuerdo con la tradición ocupa el lugar donde la Sagrada Familia encontró refugio en su huida del rey Herodes.
Hemos dicho adiós a Fakri a las puertas de la fortaleza de Saladino. Varios días de contacto con este hombre, taxista-filósofo donde los haya, han hecho que le cobremos afecto y él, sin duda, ha sentido separarse de nosotros. Nos ha despedido con un “Enchala, nuestros caminos vuelvan a juntarse” Y lo hemos visto alejarse en su viejo coche con una innegable nostalgia. ¡Enchala! ¡Ojalá se cumpla tu deseo!


Por el barrio islámico

La última parte de la jornada vamos a dedicarla a bajar desde la ciudadela hasta el zoco, Khan-el-Khalili, lugar en el que iniciamos la excursión hace ya muchas horas. La luz es todavía buena para hacer fotos. Pero antes de emprender el paseo entramos en la Mezquita de Alabastro, mandada edificar por el tirano reformador Mohamed Ali en 1830. La pátina del tiempo ha hecho que el más que dudoso gusto plasmado en ella, se haya atenuado, habiendo adquirido incluso una cierta nobleza. La cúpula resulta impresionante; así como el juego de luces creado en su interior por las incontables “arañas” habilmente suspendidas. Mohamed Ali fue, en verdad, un tipo singular: sus actividades como negrero no le impidieron declararse en pro de la abolición de la esclavitud. Era un extranjero –albanés- que logró desbancar el poder mameluco -de origen otomano- que había gobernado Egipto durante trescientos años. Sus atrocidades –como la masacre de quinientos mamelucos en el recinto de la propia ciudadela, después de haber asistido a una fiesta palaciega de la que él era anfitrión- son tan numerosas como sus aciertos políticos. Logró mantener a distancia a las potencias europeas, pero eso no le impidió establecer con ellas unas excelentes relaciones diplomáticas. Y fue responsable de la modernización del país y de importantes mejoras sociales.

Hay que rodear la ciudadela para encontrar el camino que nos conducirá hacia Darb Al-Ahmar (la “calle roja”), una de las zonas del Cairo que todavía conservan gran parte de su ambiente medieval, sólo importunado por alguna que otra motocicleta. No; no es el decorado para hacer un “remake” de Lawrence de Arabia. Aquí hay muchos más hombres vestidos con chilaba (guilabía) que a la manera occidental, y se ve a gran número de mujeres con velo (chador). Tan natural es la presencia del aguador empujando su carrito con tinajas transparentes, donde flotan rodajas de limón o brilla el rojo del carcadé, como la del vendedor de esponjas o la del herrero tomando té a la puerta de su taller, en compañía de su vecino, el cordelero... Avanzamos con la pretensión de pasar desapercibidos, de observar sin ser observados. Nada más inútil; y ,sin embargo, aunque la curiosidad que manifiesta esta gente hacia nosotros es equivalente a la que nosotros tenemos por ellos, nadie nos aborda, nadie se dirige a nosotros para hacer de factótum o vendernos la lámpara de Aladino. Todo se resuelve en un intercambio de miradas sonrientes. Las escenas callejeras recuerdan a las que con singular talento plasmó el pintor inglés David Roberts, en su serie de acuarelas sobre El Cairo, hace más de ciento cincuenta años.

Hemos alcanzado la bifurcación donde se encuentra Bab Zuweyla, una de las tres puertas que se conservan de la antigua Al-Qahira. Construida en el siglo XI, durante la etapa fatimita, fue uno de los lugares elegidos por los usurpadores mamelucos para efectuar sus bárbaras ejecuciones públicas. Por fortuna no hay nada que recuerde ese pasado ominoso. Atravesándola se accede a Al-Muizz li-Din Allah, último tramo del recorrido. Enseguida nos topamos, a la izquierda, con la Mezquita de Al-Muayyad, inconfundible por su impresionante puerta de bronce. A partir de aquí el ambiente va modernizándose; es como si nuestros pasos fueran conduciéndonos hacia la uniformidad del presente: menos chilabas, más vehículos, más letreros, más luz eléctrica... De pronto hemos llegado al zoco de Ghouriyya, menos popular de Khan-el-Khalili –aquí es raro encontrar turistas- pero igualmente fascinante. Después de beber un vaso de jugo de caña de azúcar, exprimido en el momento con una mamotrética licuadora provista de ruedas dentadas, nos enzarzamos en una amable pero intensa discusión con un vendedor de especias que, habiendo identificado el idioma que hablábamos, nos hizo pasar con un “¡Eh! ¡Hola! Español. Bueno, bonito barato ¡Aquí, mira!” Lo que teníamos que mirar era un montículo de polvo anaranjado “¡Safrán! ¡Safrán! Bueno,compra” Lo que ignoraba el insistente individuo es que hablar de azafrán con un español es casi tan peligroso como hacerlo sobre el queso de camembert con un francés. “Cúrcuma, y sólo cúrcuma, amigo”, le respondí. Desistió en el acto; aunque sí nos llevamos unos gramos de hojas de menta y un cucurucho con semillas de cardamomo.

La calle desemboca en la ajetreada Avenida de Al-Azhar. Pero antes de alcanzarla, nos sorprenden dos edificios, situados frente a frente, justo al final de la prolongada Al-Muizz Din Allah. Guardan entre sí una relativa simetría: sus volúmenes y alturas similares y sus paredes revestidas de sillares negros y blancos, hacen ver enseguida la relación que hay entre ambos. Son la Mezquita y el Mausoleo de Al-Ghouri, de los cuales el zoco que acabamos de atravesar toma su nombre. Qansuh al-Ghouri fue el penúltimo de los sultanes mamelucos y murió en una batalla contra los turcos; pero lo curioso es que no es él quien está enterrado en el mausoleo, sino su sucesor, Tumanbey, que fue tambien derrotado por ellos y ejecutado en la puerta de Bab Zuweyla.

Y, por fin, Al-Azhar.

Doblando la esquina del Mausoleo de Al-Ghouri, se entra en la bulliciosa sharia, plagada de gente, tráfico, ruido, humos... La primera tentación es tomar un taxi (“¡Si estuviera Fakri!”) para alejarse de allí lo antes posible. Pero haciendo el pequeño sacrificio de anegarnos en aquel mar de humanidad durante cinco minutos, subiendo los doscientos metros de cuesta que nos separan de Midan Hussein, sabemos que nos espera la Mezquita de Al-Azhar.

¡Qué presunción hay a veces en las expresiones! Decir que “nos espera la Mezquita de Al-Azhar” es casi equivalente a la boutade napoleónica de “cuarenta siglos nos contemplan”, ante las Pirámides de Giza .

Al-Azhar es mucho más que un edificio histórico. Es el símbolo de una cultura que conoció épocas de esplendor; de cuando el Islam era depositario de la cultura clásica y se hallaba elaborando la suya propia. Al-Azhar es también símbolo de lo que antagoniza con el integrismo: el ecumenismo, la universalidad del conocimiento y del arte. Fue abierta por la dinastía fatimita en el año 970, como centro de debate teológico. Y a más de mil años de su fundación, continúa siendo sede de la universidad más antigua del mundo.

Enfrente está Midan Hussein, la amplia plaza rectangular donde se levanta otra de las mezquitas más concurridas de la capital, Sayyidna al-Hussein. Su acceso está vedado a quienes no profesan la fe islámica, y está consagrada a la memoria de Hussein, nieto de Mahoma, de quien deriva la rama chiita, adversaria de la suni. Los fatimitas eran devotos seguidores de Hussein, pero con el derrocamiento de esta dinastía y la entronización de Saladino cambiaron las cosas. Hoy día una gran parte de musulmanes son sunis y, sin embargo, consideran a este personaje como un martir de su religión.

Al mirar hacia Khan-el-Khalili parece como si un manto de luciérnagas se extiendiera sobre su laberinto de callejas. La actividad es intensa durante el día, pero es al anochecer cuando cobra su especial vida lumínica. De cada portal, de cada pequeña tienda, a la entrada de cualquiera de los numerosos cafetines que la pueblan hay colgado un farol –a veces varios- lanzando unos destellos multicolores que se reflejan en los innumerables objetos que se exhiben: las joyas de oro y plata, inspiradas en la orfebrería faraónica; frascos de perfume; bolsos y sandalias de cuero; caftanes, chilabas y narguiles, estatuillas de alabastro que esperan pacientemente su viaje sin retorno a algún lugar remoto... Los antiguos cristales de mica han cedido el puesto a los tubos de neón, pero aun así, la luz que proviene de tantos puntos distintos crea el ambiente de un sueño, en el que intervienen también las voces, la música, la risa, la llamada a la oración y los olores: el de asado de cordero, el del humo de las pipas de agua, el de las hierbas quemadas en un sahumerio, el de la piel curtida...

El dragón se relaja. Va a pasar la noche sin notar el frio del desierto, arrullado por la corriente del Nilo. Sin embargo, varios de sus corazones no dejarán de latir.

Es un buen momento para entrar en un café y dejarse leer los surcos y montes de la fortuna. Al de Fishawy se llega a través de una de las callejas que parten de Midan Al- Azhar, casi enfrente se encuentra la entrada del Hotel Hussein, edificio destartalado y palaciego que también merece una visita. La calle es angosta pero llena de luz. Los espejos del Fishawy la devuelven con tonos ambar y el trajín de las pipas de agua hace difícil cruzar las piernas. Un pequeño velador en un ricón. El camarero se acerca y le pedimos café turco azucarado; yo, además, encargo una shisa (lo que nosotros llamamos "narguile"). Hace unos años no habría sido difícil encontrarse con Naguib Mahfuz de tertulia por aquí. El callejón de los milagros está ambientado en esta zona de El Cairo, en la que aún vive. Un quiromante panzudo -¿no es el hombre que cruzaba con las gallinas esta mañana?- me coge la mano, ¡ya no hay escapatoria! La que queda libre sostiene el vaso de café turco, humeante, tan concentrado, que me desvelará hasta la madrugada. Pero no importa: los habitantes de la Ciudad de Marte nunca duermen del todo.









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La Esfinge de Giza, antes de la excavación de 1922
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