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Sir Thomas More, by Holbein "the young"
UTOPÍA


Salvador de Madariaga –ilustre pensador, embajador de la II República en Gran Bretaña, autor de importantes libros hoy poco leídos- afirmó, algo antes de su muerte, ser partidario de una utopía: la aristocracia entendida en su sentido etimológico; es decir, como “gobierno de los mejores”.

Estaba bastante claro que Madariaga no se refería a condes, marqueses y duques, sino a quienes de verdad se podría considerar mejores. Él, como intelectual, tenía el privilegio de expresar libremente su idea sin que los viejos o los nuevos republicanos se sintieran ofendidos o le motejaran de elitista. Para algunos sería “una ocurrencia del viejo don Salvador” y para otros una pequeña concesión al periódico del que era colaborador habitual, el ABC donjuanista y tibiamente opuesto a la declinante dictadura de los años setenta. Esa actitud resultaba “perdonable” o, por lo menos, “entendible”… aunque de hecho nada entendieran.

La utopía o, por mejor decir, “lo utópico” es un elemento frecuente, lícito, deseable en el pensamiento de un intelectual o de un artista (sin que haya que confundir ambos) pero muy peligroso si es lo que inspira las acciones de un político, ya que lo que define más a la utopía es su propia inasequibilidad. Tratar de adaptarla a una ideología es –la Historia lo demuestra- un fracaso con consecuencias a veces funestas. El nacionalsocialismo es un ejemplo de esta adaptación imposible. Un conglomerado de teorías, pseudo teorías, leyendas y utopías, que tuvo como maestro coctelero a un loco: Adolf Hitler. De la utopía socialista tampoco ha devenido nada bueno; por mucho que algunos se empeñen en maquillar la cosa. Si las ideas de Marx no hubieran dejado de ser una especulación intelectual, se habrían ahorrado millones de vidas humanas a lo largo del siglo XX. Lo mismo podría decirse de Bakunin y de unos cuantos burgueses y aristócratas (no en sentido etimológico) que elaboraron teorías de la historia y modos de interpretar la conducta humana, desde la confortable dacha o el mullido asiento de cuero, en un exclusivo club del Mayfair londinense.

De todos estos teóricos decimonónicos hay uno que, además, fue un excelente escritor: el conde León Tolstoi. Sus novelas representan –junto con las de Dostoievsky- lo mejor de la literatura rusa de aquel siglo. Y sin embargo no es en ellas donde resalta más la particular utopía de su autor, sino en su propia vida, que le llevó a apartarse de lo mundano (o mejor, de lo urbano) y a vivir retirado en una remota villa de Tsarkoie Selo, donde maduró y desarrolló sus teorías sobre el mundo y el alma humana. Las ideas de Tolstoi, plasmadas sobre todo en la correspondencia que mantuvo con personajes de la época, revelan a quien hoy, superficialmente, consideraríamos un “ecologista” y ansían una vuelta del hombre a la naturaleza. Es muy interesante y poco conocido el intercambio de cartas entre él y uno de nuestros mejores novelistas, Leopoldo Alas “Clarín”.

Ha habido algunos destacados “seguidores de la utopía”que en algún momento de su vida se han dedicado activamente a la política. Es el caso de Bertrand Russell, uno de los intelectuales más destacados del siglo pasado, cuyas teorías sobre la geometría y la matemática son tan sobresalientes como sus ensayos sobre las religiones, la teoría del arte, la epistemología y sus críticas al dogma cristiano, el totalitarismo comunista y la psiquiatría conductista. No obstante, la utopía de Russell se centraba en la educación, basada en un principio de libertad absoluta donde no debe existir lo preestablecido, la norma, sino el modo socrático de aprender sin imponer ideas. El empeño que puso en materializar su particular utopía fue un absoluto fracaso y le creó serios problemas en su país, Inglaterra, donde el sistema educativo se ha caracterizado por seguir los rígidos postulados victorianos –incluido el famoso “castigo inglés”, la vara- hasta casi cien años después de la muerte de quien dio nombre a toda una era.

No es fácil encontrar personalidades tan dispares como las de Bertrand Russell y Winston Churchill. Y sin embargo tienen algunos puntos en común, que no hacen sino resaltar aún más sus distintas maneras de interpretar la realidad. Tanto uno como otro pertenecían a la “stiff upper lip” británica, la rancia nobleza del imperio. Fueron coetáneos y sus vidas discurrieron paralelas: participaron en la vida política con desigual fortuna (Churchill fue primer ministro en dos ocasiones y Russell diputado en la Cámara de los Comunes) Ambos recibieron el Premio Nobel de Literatura, sin ser escritores “profesionales”, con muy pocos años de diferencia. A finales de la década de los cuarenta, Russell era defensor a ultranza de la no violencia y el pacifismo; mientras que Churchill era partidario de mantener los privilegios coloniales sobre la India, “manu militari”. Los dos fueron longevos (Churchill murió en 1965 y Russell cinco años más tarde, casi centenario) En su ancianidad, ya retirado de la política, sir Winston se convirtió en un bon vivant, un personaje que paseaba su oronda humanidad, cigarro en mano, por la cubierta del yate de Onassis o contaba batallitas en Montecarlo, durante largas veladas principescas y etílicas.

Bertrand Russell, a edad muy parecida, era arrestado por Scotland Yard durante una manifestación “ilegal” en Trafalgar Square, en la que se protestaba contra el desarrollo de armas nucleares
La personalidad de Russell, a pesar de lo aparentemente contradictoria y polémica, resulta mucho más atractiva, solidaria, “simpática”… Pero habría que preguntarse qué habría sucedido si él hubiera presidido el gobierno cuando Hitler decidió la invasión de Inglaterra y si la utopía habría sido capaz de impedir o neutralizar el efecto de las bombas sobre Coventry y Londres.

Utopía es una isla; como la Atlántida platónica.

Si Thomas Moore –autor de la célebre obra- no hubiera expresado su opinión en una cuestión política, acaso habría salvado la cabeza y probablemente no le habrían elevado a los altares.

Lo malo no es la utopía, fructífera especulación de mentes preclaras, sino la interpretación perversa que de ella hacen los “iluminados”. Los que se empeñan en rebajar conceptos que le son propios, como “igualdad”, “civilización”, “memoria”, “historia”, “ciudadanía”, “educación”, a meros estatutos y leyes elaboradas en negociados más o menos siniestros.

Y si no se entiende bien lo que quiero decir, miremos a nuestro alrededor y, en especial, observemos lo que hacen quienes nos gobiernan.

LUIS DEL PALACIO Junio 2008
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PRÍNCIPE DE ASTURIAS DE LAS ARTES


La incultura musical en España ha sido algo endémico y de las Bellas Artes fue siempre la música la más incomprendida, cuando no denostada. Recuerdo algo que contaba el crítico Antonio Fernández-Cid sobre un suceso que una vez le ocurrió a su amigo el compositor y violinista Eduard Toldrá. Cruzaba este una calle próxima al Teatro del Liceo barcelonés, cuando un coche que venía a gran velocidad, tuvo que frenar en seco para no atropellarle. El conductor, un energúmeno al volante de los que siempre han abundado en nuestro país, empezó a insultarle con improperios que hoy consideraríamos “light . “Imbécil”, “idiota” fue lo que le espetó el anónimo personajillo al autor de “Vistas al mar”. Toldrá se encogió de hombros y señaló las líneas del paso de cebra por donde cruzaba. Una pequeña lección de civismo, sin palabras, que irritó todavía más al botarate, quien, al haberse fijado en el estuche del violín y en el colmo de la furia, sacó de su mente portentosa el que consideró como más vejatorio de los insultos: “¡Músico!”


España nunca ha sido justa con sus músicos; si exceptuamos aquellos “viejos roqueros” que, según dicen, nunca mueren y alguna folclórica viva, muerta o en vías de extinción.

Otro cantar –acaso nunca mejor dicho- es el trato que dispensamos a los de aquí. Y me refiero, en este caso, al reconocimiento oficial. Los premios institucionales llegan a veces tarde; a veces, nunca. Y es penoso comprobar cómo algo que no tendría que estar mediatizado por políticas coyunturales –las del partido que gobierne- recae tantas veces en segundones “adictos al régimen” o, por lo menos, en sus simpatizantes.

Nuestro director de orquesta más internacional, Rafael Frühbeck de Burgos, es un buen ejemplo de ello. Considerado como uno de los diez más importantes de su generación –la de Claudio Abbado, Zubin Metha y Seiji Ozawa, entre otros- fue víctima de un singular inquisidor, el ex cura y duque consorte de Alba, Jesús Aguirre (q.e.p.d) Aupado a la Dirección General de Música y Teatro, el ex jesuita, traductor de Adorno y controvertible personaje, puso de patitas en la calle a Frühbeck de Burgos, a la sazón director titular de la Orquesta Nacional de España. Corría el año 1978; han transcurrido, pues, casi tres décadas desde que Frühbeck pasara de ser un exiliado involuntario, destituido injustamente de un puesto que había desempeñado con brillantez durante quince años, a alcanzar las más altas cotas de reconocimiento internacional. Constantes giras le llevaron a dirigir de manera habitual a las orquestas más importantes del mundo: Filarmónica de Berlín, Sinfónica de Londres, Nacional de Francia, Sinfónica de Chicago, Sinfónica de Montreal...





Reconocimientos, premios, doctorados no le han faltado; eso es cierto. Tampoco la admiración de una melómana de excepción: la Reina de España, que le entregó en 1997 el Premio Jacinto Guerrero, el más alto galardón con que nuestro país distingue a sus músicos.

Todo ello justifica que, desde la humilde tribuna que un medio de comunicación ofrece, se sugiera el nombre de Rafael Frühbeck de Burgos como candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Confiemos en que cunda el ejemplo. Porque no muchos artistas representan como él, el rigor y el talento puestos al servicio de la música.

Y no sería para reparar viejas injusticias; sino por el acto generoso de reconocer el valor a un artista.

LUIS DEL PALACIO
Marzo 2008
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LOS MUERTOS

James Joyce termina con un relato titulado así (The Dead) su libro dedicado a las brumas, las viejas fotos y el recuerdo de un Dublín ya casi desaparecido. Joyce, como buen “enfermo imaginario”, toca siempre a la muerte con la punta de los dedos, para cerciorarse de que está ahí y de que aguarda paciente (o impaciente, según un capricho inexplicable como un arcano) su momento. Sus ojos de miope, velados por el whiskey que consumía en cantidades considerables, creyeron muchas veces entreverla sentada, frágil y sonriente, observándole desde una mesa apartada de una de las tabernas próximas al Trinity College ( Un movimiento brusco hizo que su pluma emborronara la cuartilla. Dudó si devolver la sonrisa; pero pensó que sería mejor no expresar algo que pudiera ser interpretado como una invitación. Tras dar un nuevo trago alzó la mirada y –como suele ocurrir- ya no estaba allí)

Nosotros representamos a la muerte como una dama y, sin embargo, en la iconografía tradicional aparece casi siempre con forma de esqueleto vestido a medias con una capa o un sudario. En una de sus manos porta la guadaña. No hay nada que indique el improbable sexo de la parca, aunque por aquí lo asociemos con lo femenino. El imaginario coqueteo de Joyce con la muerte, en aquel viejo café dublinés, sería para los alemanes un coqueteo gay, pues Der Tod (la muerte) pertenece al género masculino. La mente que piensa en alemán asocia la muerte con lo masculino. Así se entiende mejor el título de uno de los ciclos de “lieder” más célebres de Schubert: La Muerte y la doncella. La imagen mental que se forma al transmutar el género, hace que ese devaneo contenga algo que es a la vez letal y erótico.

Noviembre es en Europa el mes de los muertos. En el hemisferio Sur no tiene ningún sentido la asociación con las hojas que caen y los días que se acortan; coincide con el renacer de la naturaleza. Pero también es un contrasentido poner el trineo de Papa Noel o San Nicolás en Sydney, Dar es Saalam o Buenos Aires, cuando por allá abajo acaba de comenzar el calor del verano. Nunca he pasado unas Navidades fuera de Europa, aunque sí numerosos otoños, sobre todo en África.

Noviembre es un mes que invita a iniciar la lectura de un grueso libro de Dickens; por ejemplo, David Copperfield. Si somos constantes podremos terminarlo poco antes de la Navidad y enlazarlo con El grillo del hogar o la Canción de Navidad, pequeñas obras maestras arrumbadas como trastos inservibles. ¿Quién lee hoy a Dickens? Buena pregunta.

Otra lectura de otoño es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Novela en parte autobiográfica, imbuida por la lucidez del borracho, un diplomático que pasa sus últimas horas llevado como un madero a la deriva, en medio de la vorágine de la Fiesta de los muertos mexicana. Ese mar le engullirá finalmente y el magnífico texto fue adaptado por John Huston para el guión de una de sus últimas películas (la última fue, por cierto, Los muertos, basada en el relato de Joyce)

Un paseo por los cementerios de Père Lachaise o de Montparnasse, en Paris; o el de Highgate, en Londres, nos pueden hacer cruzar un umbral necesario: la preparación íntima a la eternidad. Y juro que es casualidad –en la que no creo- el haber empleado la palabra “umbral”. ¿Cómo no evocar a dos de mis muertos favoritos, aquellos muertos cascarrabias y geniales que se llevaron como el perro y el gato, Francisco Umbral y José Luis de Vilallonga, unidos sabiamente en la muerte para ponerse a caldo y quizá de acuerdo, durante las miríadas de años de purgatorio que les aguardan? También a los amigos muertos (Jürgen, Gitonga) de los que nada más digo porque son solo míos. Y ahora, uno de última hora, alguien con quien hablé una única vez, con ocasión del homenaje a otro amigo común: Fernando Jiménez del Oso. Juan Carlos Cebrián, “maestro de las ondas” (otro necesario lugar común) colega probable en un proyecto editorial. Se fue joven, discreto, cordial; con tanto que decir y que publicar.

Noviembre es el mes de los muertos. Pero no es “Halloween”; nada tiene que ver con esa bazofia barata e importada. Noviembre debe ser nuestro.

En las pocas casas que tienen hoy chimenea, los privilegiados –pobres o ricos- que todavía la encienden, pueden sentarse frente a ella y en el chisporroteo de las leños y el juego azul y rojo de las llamas, tratar de entender el nuevo lenguaje con que nos hablan nuestros entrañables amigos muertos.

LUIS DEL PALACIO
Noviembre 2007

LOS “JUNTAPALABRAS”

“El noble oficio de escribir” es una de esas acuñaciones facilonas que nada dicen; tan vacía como “le acompaño en el sentimiento”, “el gusto es mío” o “la pertinaz sequía”. En muchos casos se trata de un matrimonio –felizmente disoluble- entre adjetivo y sustantivo (cómodo plazo, noble oficio, sentido pésame) y en otros, simplemente, de una soberana sandez que a fuer de usarla se ha convertido en algo que reclama nuestra rutina auditiva (¿qué sería del “nexo” sin su “unión”, aunque no se necesitan para sobrevivir en el mar del lenguaje) Cualquier oficio es noble, con la excepción de uno que afortunadamente va en retroceso: el de verdugo.

La escritura –como acaso la composición musical- tiene mucho de carpintería, de ensamblaje, adaptación, limadura, pulido, barniz. Alguien puede apresurase –el pensamiento suele ser más rápido que la palabra- y deducir que me refiero a un tipo de escritura academicista, rancia, que acaba teniendo la apariencia literaria de una cómoda isabelina contrachapada o de una imitación de un bargueño del XVII en PVC. Sin embargo, nada más lejos de lo que quiero decir. Un trazo grueso, a veces el brochazo, puede revelar al más grande de los pintores. De la misma manera que Bach empleó la disonancia radical, el llamado “diabolus in musica”, en un momento de su Pasión según San Mateo; o Joyce fundió y confundió tiempo y espacio en Ulises. Está claro que la transgresión es un recurso artístico legítimo y que lo que debe resaltar siempre es el talento de quien lo emplea. Para desdibujar –eso lo sabían muy bien Picasso, Modigliani, Dalí y tantos grandes pintores- hay que ser un maestro del dibujo. Alban Berg aplicó la técnica atonal en su concierto para violín y orquesta “A la memoria de un ángel”, porque conocía al dedillo la armonía tradicional. Rayuela o Cien años de soledad son obras que, en su momento, representaron a lo más vanguardista en literatura. En realidad, como siempre el arte se nutre de la tradición, no es difícil encontrar en ellas lejanos ecos de Malcolm Lowry, de Dylan Thomas, de Borges, del propio Joyce, y hasta, si me apuran, de Stendhal. No hay que ser crítico literario, sino lector atento para hallar con placer esas reminiscencias. Las obras de Cortázar y García Márquez han envejecido bien; o más exactamente, los años han pasado por ellas sin enmohecerlas, lo cual prueba su valía. Lo que tuvieron de vanguardista o innovador no enmascara ninguna deficiencia formal, ninguna falta de oficio. Se podría decir que ambos escritores de haber adoptado una estructura mucho más clásica, lo habrían hecho con la misma naturalidad que decidieron investigar en el mundo de la forma y la expresión literarias. Se trata de una opción como otra cualquiera. Es más “fácil” leer a Thomas Mann que a Proust o al Joyce de Finnegan´s Wake y Ulises. De la misma manera que es más “fácil” escuchar La Traviata de Verdi, que Lady Macbeth de Mensk, de Shostakovich. Pero eso es ajeno a la calidad artística. Nuestra educación nos ha acostumbrado a la rima consonante, a la escala de Do mayor, a lo figurativo en las artes plásticas, al planteamiento, nudo y desenlace de las novelas y obras de teatro. Cuesta bastante esfuerzo situarse en otra perspectiva. A algunos les merece la pena el intento y a otros no. Y son legítimas las dos actitudes.

Pero ¿qué hacemos con los que Lázaro Carreter llamaba “juntapalabras”?
Son una especie que abunda en lo que algunos llaman “la república de las letras” (otra expresión bastante tonta), y se caracterizan por eso: arrumbar palabras como algunos apilan cajas en un almacén, con la intención de crear algo, ya sea una crónica, un artículo y, en el peor de los casos, un libro. Sin embargo, donde más abundan es en las televisiones y las radios, amparados si no en el anonimato, en el hecho de que la palabra no escrita se la lleva el viento. Son periodistas o plumillas nacidos de la LOE, o de cualesquiera nefastas reformas educativas que ha padecido España durante los últimos 25 años, empezando por la del demagogo ministro franquista Villar Palasí. Normalmente el juntapalabras es “perito en todo y maestro en nada”; se atreve con la física cuántica, tanto como con la arqueología submarina, el análisis político y el efecto de las flatulencias de ganado bovino sobre el medio ambiente. Habla de ópera, de moda y de la teoría de las catástrofes, con el mismo desparpajo que lo hace de enología y proctología; y hace bueno aquello de “confundir la magnesia con la gimnasia”. En sus trabajos escritos no se suelen colar faltas de ortografía, gracias a uno de sus más íntimos amigos: el corrector de Word. Es evidente que la lectura le produce erisipela (con excepción de los betsellers de Dan Brown), y la crónica del Premio Cervantes suelen dejársela a un compañero (perdón: o compañera) Lo más granado –o sea, lo peor de la cosecha- tiene por guarida alguno de los llamados “programas del corazón”, con que nos martirizan tanto las televisiones y radios públicas, como las privadas.

En esa guarida de talentos con carné de prensa, se envilece el noble oficio de charcutero, o el antiguo de tundidor, cada vez que despellejan a uno de sus invitados; quienes, por cierto, en un acto de suprema idiotez o de protagonismo (lo que es equivalente) o por dinero, se someten a las impertinencias de estos baluartes del “glamour” de guardarropía.

Así están las cosas por el Patio de Monipodio, cuando la ministra de educación parece no renunciar a su momento de gloria y nos amenaza con una nueva reforma, que permitirá a los alumnos pasar de curso con la mitad de las asignaturas suspensas. Crucemos los dedos o pongámosle una vela al patrono de los imposibles para que no prospere. Si lo hace, los juntapalabras necesitarán un canuto para hacer la “o” y un sofisticado traductor de balbuceos para elaborar sus crónicas de sociedad. Porque ya no habrá otras.

Luis del Palacio
Septiembre 2007
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EFE
TRES ENCUENTROS CON COLL

Aunque no sean tantas las canas que uno peina, conservo el recuerdo en sepia de un Madrid que ha ido desapareciendo poco a poco; por más que se empeñe la autoridad, municipal y espesa en mantener la ofrenda a San Isidro y la Verbena de la Paloma. Hablo de ese Madrid no ideal, pero sí mucho más amable, donde la gente se volvía sin malicia al cruzarse con un improbable subsahariano (a los que antes llamábamos “negros” con la misma inocencia con que ellos en swahili nos llaman mzungu, es decir “blancos”) por la Gran Vía, y sólo conocía a los indios huaoranis de la Amazonía por los estupendos reportajes de Miguel de la Quadra-Salcedo. Un Madrid donde jamás nadie habría esperado que uno de ellos tirara cañas y pusiera tapas de ali-oli en un bar de La Latina o tomara nota del número de comensales para el cocido en Malacatín. Los tiempos cambian, casi siempre para bien; así que todos contentos en la diversidad cultural. Ese toque exótico le sienta bien a la ciudad, a pesar de la ingestión masiva de vallenato (hábito claramente pernicioso para nuestra salud mental sobre el que la ministra Salgado no se ha pronunciado aun)

En aquellos años –los de la Transición y después los de “la movida”- era fácil encontrarse con caras conocidas en el Rastro, cualquier domingo por la mañana. Y fue allí, una de primavera, cuando me encontré con “el señor bajito del bombín”, José Luis Coll. Regateaba el precio de un bastón -¿o era un paraguas?- de caña de bambú con un impresionante remate de plata en la empuñadura. No sé cuánto tiempo llevaría discutiendo el precio con el vendedor, uno de esos personajes –gorra de cuadritos “ojo de perdíz”, bigotito recortado, pocas palabras y más flema que David Niven en 55 días en Pekín- que parecían sacados de un sainete de Arniches o de una zarzuela de Ruperto Chapí. El diálogo fue más o menos así:
Coll: No es plata
Vendedor (impertérrito): Plata de ley
Coll (con cara de estar contemplando una lechuga poco fresca): ¿Mil quinientas por... “esto”?
Vendedor: Mil doscientas, por ser vos quien sois y porque me pilla de buen humor.
Coll: No se hable más –mientras sacaba el dinero de su cartera y el manolo le entregaba el bastón- Y ni una palabra a mi mujer.
A continuación, volviéndose hacia mí, que estaba a su lado, me espetó: ¡Y luego dicen que el pescado es caro! Sonreí, con eso que llaman “risa de conejo”, sin saber qué decir; intruso en una escena en la que sólo había faltado su compañero, “el alto de la chistera”, Tip, representando al de la gorra a cuadritos

No pasaron muchos años, cuando me lo volví a encontrar, esta vez en la inolvidable discoteca Bocaccio. Un pequeño grupo de amigos festejábamos el éxito de La zapatera prodigiosa, la comedia de García Lorca que se representaba en el desaparecido teatro Espronceda. El pintor Darío Villalba, el crítico Fernando Yraola, la protagonista Laura García Lorca y alguna cara más hoy desdibujada, alargábamos la noche en aquel local que ha pasado a la pequeña leyenda de una bohemia madrileña que se fraguó y extinguió en poco más de una década. Coll –que nos miraba con una mezcla de curiosidad y cara de pícaro, vaso de whisky en mano, desde un altillo situado justo por encima de la mesa que habíamos encontrado libre- era uno de los habituales de Bocaccio. Estaba solo; no llevaba bastón ni paraguas, y tenía ganas de hablar. De vez en cuando se asomaba a aquel balconcillo y parecía seguir nuestra conversación con un interés que ya no podía pasarnos desapercibido. Acabamos invitándole a unirse al grupo, y enseguida se sentó a nuestra mesa. A él, claro, lo conocíamos todos, por lo que fuimos nosotros quienes nos presentamos y le aclaramos que no celebrábamos un cumpleanos, sino una representación teatral. Prometió venir a verla; y lo hizo a los pocos días con Tilde, su mujer.
- Yo aquí vengo a veces a trabajar; porque de vez en cuando como mejor se trabaja es solo, en un ambiente lleno de ruido. Si no me creeis –dijo al tiempo que sacaba una arrugada servilleta de papel de uno de sus bolsillos- permitidme que os lea esta tontería:
“Al señor marqués no hay quien le tosa”
“Eso ya lo veremos. Te apuesto 10.000 pesetas a que le hago que tosa”
“Señor marqués, ¿cómo es su escudo de armas?
“Mi escudo es sobre gules una facies leonina”, respondió el marqués con voz aguardentosa.
“Pues el mío es de tosa.
“¿Tosa?
“Sí hombre: Tosa, Tosa” (Y para sí, entre dientes, murmuró: “Del Mar”)
Y, claro, ganó la apuesta.
Bajándose las gafas, Coll añadió:
- Esta es una variante del famoso Entre el clavel y la rosa, Su Majestad es-coja, de Quevedo. Invito yo a la última.

Se trataba de un pequeño guión, candidato a figurar en su intervención semanal en el programa de radio “Protagonistas”. Tenía unas ocho o diez servilletas como aquella; de las que, a la manana siguiente, se salvaría una.

Unos tres años antes de terminar el siglo, volví a encontrarme con José Luis Coll, esta vez en su casa y no por casualidad. Denis Fenton, buen amigo suyo además de su profesor de inglés, había quedado a tomar café con él y yo me apunté. Nos recibió en el salón. Era el Coll de pelo casi blanco y voz gruesa de sus últimos tiempos. Hablamos mucho. De Cuba, en donde Fenton había decidido establecerse, atraído por el sol caribeño, los mojitos y las dos clases de habaneras (las que se escuchan y las que se ven) También de Cuenca y de amigos y conocidos comunes. Gerardo Rueda, Torner, Saura, José Luis Perales... No recordaba la historia del señor de Tosa del Mar.
- ¿Eso dije yo?
- Claro; y hay testigos.
- Pues olvídalo, que ya no bebo.

Mencioné entonces mi reciente viaje de tres meses por Nepal y el norte de la India, y sin saberlo toqué un punto muy delicado para el humorista: Coll no comprendía por qué uno de sus hijos había dejado el confor de Occidente para establecerse en una zona rural del Hindustán (esa fue la palabra que empleó)
- A ver, cuéntame qué has visto tú allí; porque no entiendo que se puede hacer en un pais lleno de vacas paranoicas.
- No sé –respondí- quizá misterio, contrastes violentos, paisajes, gente extraordinaria... y, por supuesto, vacas.
- Como aquí entonces, que tenemos hasta burros, ¿ para qué irse tan lejos?
Nunca supe si por fin acompanó a su mujer en aquel viaje que ella habia planeado para ver al “hijo perdido”. No sé por qué, pero tengo la sensación de que al final sí fue.

Esas dos horas en su casa, aquella tarde de sábado ya algo lejana, no fueron empleadas en hacerle una entrevista. Poco imaginé que algún día me sentaría a rememorar este y los otros dos momentos que compartimos, aunque en el primero yo fuera un mero espectador, para escribir un artículo que no es necrológico. Incluyo un último recuerdo de aquel café: todos sabíamos que Coll era un maestro del billar y que echaba partidas con Felipe González; pero muy poca gente conoce su afición por el piano, que tocaba con notable maestría y que uno de sus personajes más admirados, con quien mantuvo además una gran amistad, fue Daniel Baremboim.

El humor de Tip y Coll, juntos o por separado, era capaz de desencadenar al instante una serie de asociaciones de ideas, que desembocaban siempre en la sonrisa y muchas veces en la carcajada. Mencionar a Freud va siendo cada vez menos “políticamente correcto” (todo en la línea de “no digas negro, sino subsahariano”; o “ciudadanos y ciudadanas” Y quizá pronto: testigos y testigas; habitantes y habitantas” ) ; pero por licencia poética me permito decir que cada una de sus escenas (ahora gags ) era una sesión de psicoanálisis de “aquí te pillo y aquí te mato”. Su histrionismo era un recurso más; nunca una meta (eso cuando muchos humoristas actuales confunden el humor con hacer cosquillas y, simplemente, desconocen la ironía)



Es una suerte que la televisión haya conservado aquellos programas míticos, grabados en los años 70 y 80; y que ahora sea posible adquirir DVD con selecciones de los más ingeniosos y divertidos. Aun cuando algunas de las alusiones a la sociedad del momento –un político piadosamente olvidado, una folclórica, un chisme, un cohecho famoso- hayan perdido parte de su brillo, algo tan simple como su ¡Y mañana hablaremos sin falta del gobierno!, hará que esbocemos una sonrisa. Y eso a pesar de que, como todo cambia en la superficie, ahora casi no hagamos otra cosa que hablar de él.

Luis del Palacio
Marzo 2007

JUEGOS

El juego podría haber sido el título elegido por Mankievicz para
una de sus obras maestras, The Sleuth, mal traducido al español como La
huella. En todo juego hay un duelo, y parece que su origen se debe al deseo
que tenían algunos veteranos de guerra de rememorar los viejos tiempos: los
que todavía conservaban la fuerza viril de sus mejores años, inventaron los
torneos, los juegos de pala, estoque y maza; y aquellos que habían traspasado los
límites de la madurez, optaron por los lances sobre la mesa. De ahí
provienen los de cartas, el ajedrez, el parchís, la oca y muchos otros.
Estos últimos no requerían fuerza ni destreza física, pero sí inteligencia
(hasta para las trampas)
Volviendo a la película de Mankievicz, el duelo se
entabla ("en-tabla", por cierto) entre un viejo ganador - personaje encarnado
por el inolvidable sir Lawrence Olivier- y un perdedor en ciernes, que
además es un advenedizo y un snob ("sine nobilitate") Un lozano Michael
Caine da vida a este próspero peluquero italiano. Como en todo juego, existe
también una trampa implícita, un tercer personaje que es y no es al propio
tiempo, que está¡ y no está!... o al menos no es lo que parece. Al final se
descubre lo que menos se espera y triunfa el último en reír... ¿quién será?

Juego. Jugar. Jouer. To play. Spielen (Ahora juego a ser
pedante, indicándoles mis profundos conocimientos de lenguas ¿Ven vds. el
juego? Y puedo seguir diciendo que en todas esas lenguas, excepto en la
nuestra, los instrumentos musicales se juegan o, a la inversa, que los
juegos se tocan) Mis saberes etimológicos no llegan a tanto como para
explicar por qué en nuestro idioma existen dos verbos sin aparente
relación.

Mi vista se detiene en la imagen de un caballero apoyado
indolentemente sobre el tapete verde de la mesa de un casino (no en Las
Vegas, por Dios ¡no! Acaso en alguno de la Riviera francesa, Montecarlo o Baden-Baden )
Me recuerda al difunto duque de Windsor (perdedor vocacional, pero con
sentido del humor) Pero, no. En realidad se parece más a Geoge Sanders,
aquel actor que se representaba a sí mismo en papeles de cínico distinguido
-como el primo de la señora De Winter, en la película Rebecca-. Acabó
suicidándose en un hotel de Mallorca.
(Por cierto, también forma parte del juego: tanto en La huella como en
Rebecca el protagonista es Lawrence Olivier) El caballero a que me refiero
es un jugador. No le importa el baccará, ni la ruleta, ni los ojos verdes de
Ava Gardner que le miran escrutadoramente: le importa sólo el juego.

No es en la música donde los verbos "jugar" y "tocar" se
encuentran, sino en el azar. En la ciencia combinatoria; donde los números
parecen danzar con el demiurgo de un compás lento y arbitrario (pero sólo en
apariencia) Variaciones, permutaciones... Aparecen los "juegos de
apuestas": es cuando el Estado se da cuenta del gran negocio que supone
tutelar la esperanza de quien no sabe muy bien cómo llegar a fin de mes o pagar la hipoteca.
Lotería, loto, quinielas, carreras de caballos... El piano del pobre. Para
entonces el sentido del juego ya se había perdido. "Me ha tocado una
participación que jugué en el sorteo de Navidad" "Si me tocara una primitiva..."

El gentleman -George Sanders, Lawrence Olivier,
Visconti - y el duelista -Pushkin, el duque de Montpensier- se retiraron a sus
cuarteles de invierno y no es fácil que volvamos a verlos.
Señores : en al mesa del fondo ¡han cantado bingo!

LUIS DEL PALACIO
Diciembre 2006





Foto
Luigi Cherubini (1760-1842)